“Sálvese quien pueda” || Transiciones

Es el título de un libro clásico del escritor guanajuatense, Jorge Ibargüengoitia, publicado por la editorial Joaquín Mortiz en 1975. Con gran sentido del humor describe situaciones, vivencias de niñez, costumbres y rituales de los mexicanos. Mucho más agudo que un ensayo sociológico, nos pone frente al espejo desnudos, para que sepamos quienes somos, de donde venimos y hacia dónde vamos, aunque a veces nos gane la risa.

Uno de los saldos de la pandemia, pese a la tragedia internacional que representa, es que el ocio se ha unido a la creatividad y nos hemos reído del comportamiento humano ante la infección. En una lectura en clave Ibargüengoitia, hemos visto desfilar miles de memes burlándonos de nuestra desgracia. Así somo los mexicanos. O como diría Carlos Monsiváis: “Somos el desmadre”. Todo lo tomamos con desenfado, hasta de la muerte nos burlamos. 

Quedará para la posteridad la señora que en el video quiere decirnos que la pandemia estaba escrita en el Apocalipsis de San Juan, en el libro de las Revelaciones del Nuevo Testamento. Pero en su versión es en el “Eucalipto”, no en el Apocalipsis. O de la mano con ella, quienes piden “satanizar” las instalaciones. O ir a una tienda de conveniencia a comprar “gel antibarectial”. O la señora que viaja en autobús y usa un antifaz de carnaval, en lugar del cubrebocas. O el señor que se lo pone en los ojos para poder dormir durante el vuelo. O la guasavense que sale con una máscara de barro, porque le dijeron que debería salir con mascarilla. 

Pero que me dicen de quienes han difundido en redes sociales cantidad de remedios contra el COVID 19, mejor conocido como COVIN o COVIT y que afirman son efectivos y algunos milagrosos. O hasta quienes dicen que el virus no existe y es una invención para recluirnos en casa y que algunos listos se aprovechan para hacer mil diabluras. 

Merecen especial atención los memes sobre los cubre bocas. Desde tangas improvisadas ante la obligación de utilizarlas para ingresar a un lugar, hasta botellas de plástico transformadas en caretas. O aquellos con un aditamento especial para permitir beber sin quitársela o hasta para fumar. He visto todo tipo de mascarillas y mil formas de usarla. La mayoría de las veces mal puesta y con las evidencias de nunca haberlas lavado o cambiado a lo largo de varias semanas. En múltiples ocasiones, lo único que cubren son la boca o el cuello. La nariz, casi nunca. 

En la mayoría de los casos, somos temerarios ante el contagio pero lo enfrentamos con invocaciones divinas. Para evitarlo nos encomendamos al creador. O cuando más, nos damos una persignada.  “Ya estaría de dios”, es una expresión tan común entre los mexicanos. “Primero dios y no me pasa nada”, es la inmunización necesaria frente al peligro. 

Una de las ventajas de la frontera es que en un día puedes vivir dos realidades y las formas y el humor como se enfrenta la pandemia. Llego al edificio de correos en la vecina población de San Ysidro, California; me encuentro a la espera que me atiendan para recibir correspondencia. Llega una persona quien se acerca al mostrador; y sin ninguna cordialidad me dice: “hágase para allá”. Le contesto, “perdón pero usted es el que llegó posteriormente”. Y enfurecido grita que ya tiene mucho tiempo de espera. Que él tiene derecho a meterse y a no respetar la sana distancia y que yo debo de alejarme. Me da más pesar cuando compruebo que es hispano y en unos segundos se pone colérico. 

No quiere decir que en el lado mexicano no haya gente neurótica ante tanta incertidumbre y ante todo lo que sabemos de las repercusiones negativas de la pandemia. La diferencia es que casi siempre tenemos un recurso para justificar nuestro desmadre. Nos gana la risa ante lo que parece inevitable. Como dice la tía Cande: “Dios nos coja confesados”.